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En Villanueva me aguardaba una sorpresa heráldica. Yo sabía que aquí estaba enterrado Quevedo, pero desconocía que reposara en la capilla de mis antepasados. Los Bustos, familia pudiente en todo el Campo de Montiel, de aficiones literarias y querencia al mecenazgo, acogieron a don Francisco en vida muchas veces, prestándole culta compañía que lo resarciera de sus amargos líos con la Corte. A unos pocos kilómetros de aquí se encuentra la finca de Torre de Juan Abad que el poeta heredó de su madre, desiertos a cuya paz confesaba retirarse el mayor sonetista de nuestra historia.
Resulta asimismo que los Bustos compraron la posada de un Juan de Vargas, caballero de cuantía, en donde tengo la fortuna de hospedarme y practicar un cierto delirio identitario. La calle se llama Cervantes, claro, y en su trazada se concentran los monumentos más sugestivos del pueblo. En su origen está la plaza, con el ayuntamiento, las terracitas para la caña y la iglesia de San Andrés, que guarda la capilla bustiana; y en ella, protegida por un rectángulo de cristal que transparenta la bajada a la cripta, se ilumina la urna funeraria del genio. Me guía hasta ella Inés, encargada de la oficina de turismo y quevediana hasta lo temerario: de mutuo acuerdodecidimos correr la luna de la tumba, que pesa casi tanto como mi cámara de fotos. En el momento exacto en que cede, con un ligero chirrido, aparece el cura. Inés se va hacia don José Luis muy sonriente y le explica que hago un reportaje. A don José Luis le parece estupendo y se ofrece a encender las luces de la nave central. Con su bendición e indulgencia, por tanto, desciendo los seis escalones de la cripta y me paro frente al cofre metálico, ornado con la cruz de Santiago y rotulado con el nombre del ilustre inquilino. Huele intensamente a moho, y hace frío.
Pasó con este cuerpo un poco lo mismo que con el de Cervantes. En su testamento pide Quevedo ser enterrado con el hábito de Santiago y sus dos espuelas de oro en la iglesia de Santo Domingo, en cuyo convento -que ahora visitaremos- pasó sus últimas semanas. Pero el vicario de San Andrés estimó que era barata sepultura para tan conspicuo difunto: desoye escandalosamente la voluntad expresa de Quevedo y arrima el ascua a su templo con la cooperación necesaria de los Bustos, que ceden encantados su capilla. Pero en el siglo XVIII se remueve el enterramiento y los restos del escritor quedan mezclados con los de un osario común. Para entonces hacía mucho que ya habían profanado la tumba para robar las espuelas de oro. Esto de andar toqueteando fémures se ve que es una costumbre muy nuestra. Aquí no lo dejan a uno tranquilo ni fiambre. Total, que tuvo que venir el mismo antropólogo forense que contrataría luego Ana Botella para individualizar -con mayor grado de certeza que en las Trinitarias- un puñado de huesos quevedianos, que fueron reunidos en esta urna de metal para su venerable exhibición y descanso eterno. Hasta que alguien decida que lo que hay que hacer es llevarlos a Tokio de gira o fumárselos en pipa de kif.

Murmuro una jaculatoria de desagravio a don Francisco -será ceniza, más tendrá sentido- y marcho con Inés al convento de Santo Domingo, situado en el otro extremo de la calle Cervantes. El convento está cerrado, pero Inés lo abre con su llave maestra. Estamos solos. Encoge un poco el alma pisar la celda donde Quevedo murió tras recluirse en ella a los 65 años, con el cáncer de pulmón royéndole las entrañas pero obligándose a dormir en un poyo de piedra como un fraile más. Uno, claro, cuya mesa de madera maciza oculta un cajón secreto para la correspondencia comprometedora, pues la Inquisición le rondaba (cuando no era el Conde-Duque). La vida de Quevedo es la de un aventurero barroco total, espía en Italia, conspirador en Madrid, putañero impenitente y enamorado sublime, espadachín pendenciero y místico arrebatado, animal de taberna y de castillo, genio popular y fino erudito, mártir de la libertad de expresión y cima del canon literario. Miró los muros desmoronados de una patria ya entonces cansada, pero cuya decadencia se antoja bastante más traumática que la que hoy vocea el populismo calculador.
Villanueva es Quevedo y también Cervantes. Su pareja andante está parada en bronce en plena plaza, con el caballero vuelto hacia su escudero en ademán de sermonearle. Encima de su yelmo ondea la bandera del arco iris que pende del balcón del consistorio, estampa que configura un Alonso Quijano pop bastante más ligero que el de la Generación del 98. Villanueva es cervantina por varias razones. Primero porque aquí -en un esquinazo de la calle Cervantes- se conserva más o menos como la describió nuestro novelista la casa del Caballero del Verde Gabán, don Diego de Miranda, histórico personaje a cuya puerta llama don Quijote en el capítulo XVIII de la segunda parte. A mí me abre la puerta don Ignacio, que heredó la casa como antes la heredó su padre y como la heredarán sus hijos, y así quizá desde poco después de que Mendizábal expropiara el inmueble a los jesuitas. Es un caserón de techos altos, patio porticado con columnas toscanas y entramado de madera, bodega para las tinajas de vino, biblioteca con su colección de Quijotes, aljibe en su centro y plantas bien regadas que ayudan a diluir el sofoco ambiente. Don Ignacio ha sido maestro: casi todos los niños de Villanueva que hoy son hombres pasaron por su aula.
-Sí, yo les daba a leer el Quijote original. Explicándoles las palabras, claro, que las tiene difíciles. Pero es un libro muy pedagógico, este. Contiene una cultura muy conveniente.
Y como si yo fuese uno de sus alumnos, don Ignacio me va mostrando objetos misteriosos que cuelgan de las paredes y cuya utilidad solo los de su quinta conocen ya. Una cantarera para almacenar cántaros de agua. Unas tenacillas de triple aguja para ponerlas al fuego y que las mujeres se rizasen el cabello, o se desollasen la nuca. Un horcate para uncir a la mula. Una devanadera para hacer ovillos a partir de las madejas de lana.
Me despido del Caballero del Verde Gabán, que hoy va con camisa clara de manga corta porque caen de punta 41 grados. He de partir hacia Ruidera como un tuareg en busca de agua. Pero antes me despido también de Ramón, mi posadero, que me explica la leyenda de Juan de León. En ella se apoyan los cervantistas locales para hacer de Villanueva -y no de Argamasilla- el lugar de La Mancha de cuyo nombre etcétera. El tal Juan de León fue un loco local que, en compañía de otro vagabundo llamado Juan de Portillo, se paseaba por ciudades y campos vestido con calzas y malla y armado de ballesta y espada, cometiendo desafueros que le acabaron costando una sentencia de muerte. El caso es que cumplida la sentencia por orden del alcalde de Villanueva, la tía del ajusticiado recurrió ante el mismísimo Carlos V, quien sorprendentemente consideró justa la protesta y encarceló y desposeyó de todos sus títulos al alcalde justiciero. No debía de ser tan malo aquel lunático. Esta historia corrió de boca en boca por la zona a finales del siglo XVI, y es muy posible que llegara a oídos del andariego don Miguel. Con unas fanegas de su carcelero Pacheco y otra medida de este Juan de León pudo muy bien Cervantes amasar la carne demente de don Quijote.
Fuente: El Mundo.es

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