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Villamanrique es un pueblo “typical Spanish”. Es un pueblo rural manchego con querencia notoria hacia la depresión del Guadalquivir por encaminar hacia ella su afluente villorreño Guadalén. Es pueblo, pueblo; con sierra propia, con aire de tomar el fresco en las noches de verano y de beber unas “rondas” con los amigos al medio día. Es pueblo de fin de semana, tranquilo, de poca gente por la calle, de horno y tienda, de campana y misa, de campo y caza, y de “hola, ya estamos otra vez por aquí”. Es un pueblo donde todos se conocen y se visitan si algo pasa. Es pueblo de mil años de familiaridad.

Su calendario es el de siempre: San Antón y sus luminarias; los carnavales de historietas y disfraces; el día de campo de San Marcos el 25 de abril, con hornazo y huevos pintados; las cruces el 3 de mayo, pequeños retablos caseros salteados por todo el pueblo, con el consabido “tocón” ardiendo toda la noche y las invitaciones de dulces y aguardientes a los que las visitan; la traída y llevada de la Virgen de Mairena entre cantos y devociones que ocupa también al personal; tiene el aplastante verano que derrite hasta las piedras y permite a los agricultores hacer su agosto, y a los veraneantes volver a su pueblo a ver la casa que dejaron y a la familia que todavía queda.

Esparcimientos y labores del campo mezclados, resultan la dedicación de los habitantes de Villamanrique desde siglos atrás. Villamanrique es un pueblo unido para celebrar sus fiestas y muy unido para sentir sus desgracias.

Pero donde Villamanrique es un auténtico pueblo español, donde Villamanrique se pasa, donde va “sobrao” es en sus fiestas de San Miguel. Fiestas que comienzan la víspera con el pregón inaugural, por persona ilustre de estos lares. Se dan los premios del certamen nacional de poesía “Jorge Manrique”, nuestro paisano; pues historia es de hechos y datos la convivencia prolongada del gran poeta con Villamanrique en sus dos facetas sobresalientes de las Armas y las Letras. Y queremos que conste en el Acta de los Tiempos esta realidad que nos llena de orgullo a todos los villorreños.

A partir de estos actos, cinco días de festejos. Desde la noche a la mañana, desde los toros a los churros de madrugada, desde sus mil y pico habitantes hasta los cinco mil visitantes y parientes de todos lados. Es el último eslabón para el jolgorio de la juventud en el llamado veranillo de San Miguel. Son los últimos “flases” del descanso veraniego ante el solitario invierno de lumbres y cocidos que aletargan al personal.

Estas son las fiestas que Villamanrique disfruta con todos los pueblos vecinos en cincuenta kilómetros a la redonda. ¿Dónde van a correr los mozos las vaquillas durante cinco días seguidos si no es en los “sanmigueles” de Villamanrique? ¿Dónde las muchachas y toda la juventud se va a poner un pañuelo en el cuello para asistir al encierro y correr por la calle Grande, mezclados con las vacas bravas de los Frías, los Patones y los Fernández?

Lo que Villamanrique ofrece hoy día, es la misma fiesta que ofrecieron nuestros antepasados hace más de doscientos años. La misma plaza de carros, los mismos toriles, la misma calle Grande, y los mismos balcones y ventanas para subirse cuando la vaca, que ya conoce el percal, vaya corneando todo lo que encuentra a su paso. La emoción y el subidón del que la ve venir, cuando sale de la plaza para recorrer la calle, es para sentirlo de cerca y quitarse de en medio en el momento oportuno. ¿Cuántas añoranzas de los que han pasado por estos trances y ven con regusto que los mozos y mocicas continúan con la misma desazón de siempre?

Cinco tardes de gratuitos “toros” con cientos de protagonistas y lances sin calificar. Todo es espontáneo y todo posible en una tarde de San Miguel. Villamanrique revive el veintinueve de septiembre, todos los años, sus fiestas grandiosas, y como dice Eugenio el de la Mica, “únicas por estos alrededores”.

¡A pasarlo bien! 

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